Es difícil dejar la patria atrás.
A medida que me voy alejando, siento como mi corazón se quedara engachado en el borde de la sierra que nos ha acunado desde nuestro nacimiento, y cada paso que doy,es un desgarro. Un desgarro real y físico que me hace llevarme la mano al pecho e inclinarme hacia adelante para poder tomar aire.
Tengo suerte. Mi posición me permite ir sobre mi bello caballo, pero a mi alrededor, muchos llevan a cuestas las pocas pertenencias que pudieron rescatar y avanzan arrastrando sus pies por el enorme peso de la pena.
No sé a dónde voy, pero aunque sea el paraiso, nunca será como mi hermosa patria.
Por eso cuando al llegar a la cima de la montaña,vuelvo la cabeza para mirar por última vez la ciudad de mis antepasados.
Las lágrimas se derraman por las mejillas de mi hijo y, entonces,una rabia incontenible me hace escupirle unas palabras que sé que me pesaran el resto de mis días:
"No llores como una mujer, lo que no supiste defender como un hombre"
